
Yo no tengo la culpa; nací así, ¿qué le voy a hacer?
Si ya se me da mal el deporte cuando sólo tengo que utilizar mi cuerpo, ¿cómo va a ir mejor la cosa teniendo que tirar de algo postizo?
El domingo mi padre me llevó a jugar al tenis por primera vez en... yo qué sé los años, ocho por lo menos. Me llevó porque no puede vivir si no juega al tenis todas las semanas, y como mi primo no iba este finde, pues me tocó a mí.
Cuando llegamos al polideportivo, me llevé la primera decepción: yo no iba vestida de jugar al tenis; la gente allí iba fashion total, y yo iba francamente cutre. Eso sí, la raqueta más bonita seguía siendo la mía, con su impecable funda lila.
Otra decepción fue comprobar que nuestra pista estaba rodeada de otras pistas. Los de mi derecha jugaban bastante bien, y pasaban del resto de la gente, pero los de la izquierda... no hablaban español, pero podía notar cómo se reían de mí en otro idioma cada vez que mi padre me daba con la pelota. ¡Es una sensación muy molesta!
Además, las verjas que separaban las pistas eran demasiado bajas, así que repartí varias pelotas entre la gente de alrededor. Y yo decía: papá, ¿por qué no podemos jugar en una pista de esas con paredes? Pero nada.
Cada dos por tres, tenía que oír a mi padre diciendo que no sólo juego mal, sino que además lo mío es contagioso, lo cual no es muy motivador que digamos. Luego se empeñó en que cambiara de raqueta y cogiera la suya nueva, que por lo visto es lo más de lo más de las raquetas, pero al cabo de cinco minutos, no sé por qué, me la quitó.
Total, que un poco antes de terminar la hora, sentenció: "Hija mía, dios no te ha llevado por los caminos del tenis". Y nos fuimos.